Era curioso como una sonrisa enigmática de su parte hacía que ella sintiese un vuelvo al corazón, el hecho de estar siempre protegida bajo el ala de su amado. El joven Cuervo que la hará suspirar el resto de sus noches. Noches de júbilo y de pasión compartida entre ambos bandos, una pasión que solamente ambos conocen y complementan el uno al otro.
Y no es que la pajarita llore o sufra, simplemente llora por amor... Un amor prohibido, platónico, tachado de inalcanzable por los graznidos de las aves más sabias. Y es que era ése amor el cual movía a todas y cada una de las especias habidas y por haber.
Ella se sentía incapaz de ignorarlo, de recordar todas y cada una de sus facciones a detalle, hasta el más mínimo defecto para ella sería como una bella poesía, como la nota más alta que jamás haya podido tocar con su boca diminuta y grandes ojos que tanto añoraban verlo una vez más.
Y ella sentía y vivía con el alma ahuecada, con su espíritu atrapado dentro de otra persona, sintiéndose así cada vez más vulnerable ante su amado. Era un acto de amor y sacrificio incomprehensibles ante el ser humano, solo un avecilla como ella y el joven Cuervo podrían comprender que aquello que atraviese el alma puede viajar a través del espacio tiempo sin tener que preocuparse por nada. Sus almas viajarán para encontrarse el uno con otro. Y es que puede que ya estén muertos o que vivan en un estado inanimado.
La pajarita busca consuelo mientras que el joven Cuervo se lanza con gracia y elegancia a su victima, la ataca, la destroza, le estropea el plumaje y se deshace de ella con un último graznido marcando su final. El Cuervo no se controla, se rige por impulsos, por momentos, por decisiones... La duda se encuentra lejos del camino que ha tomado y ahora las sombras y la maldad lo cubren todo mientras que la pajarita trata de sacarlo de una sola pieza. La pajarita está muerta, por eso puede ver a su amado. Su amado nunca la deja... Por lo tanto la alimenta de almas ajenas que la mantendrán más tiempo junto a su obscuro plumaje.
Un plumaje que le asemejaba a la noche, que lo hacía cómplice de actos atroces. La pajarita no podía evitarlo, el joven Cuervo estaba ensimismado en otra cosa, cosa en la cual ella no estaba dentro de sus planes. Y fuese lo que fuese el joven Cuervo no la llevaría, la mantendría muy lejos para así no tener que deshacerse por completo de ella. Puesto que la pajarita era bella hasta incluso estando muerta, su alma esbelta aún mostraba rayos de pureza e irradiaba un control a la sala inevitable.
Era la prueba más fuerte del amor hacía su amado, era la única prueba que le quedaba, era lo único antes de que su sufrimiento lo hicieran desaparecer, antes de que la realidad la bañara con un balde de agua fría y la hiciese espabilarse un poco antes de caer en la eterna obscuridad que le otorgaba su amado..
Ella se sentía incapaz de ignorarlo, de recordar todas y cada una de sus facciones a detalle, hasta el más mínimo defecto para ella sería como una bella poesía, como la nota más alta que jamás haya podido tocar con su boca diminuta y grandes ojos que tanto añoraban verlo una vez más.
Y ella sentía y vivía con el alma ahuecada, con su espíritu atrapado dentro de otra persona, sintiéndose así cada vez más vulnerable ante su amado. Era un acto de amor y sacrificio incomprehensibles ante el ser humano, solo un avecilla como ella y el joven Cuervo podrían comprender que aquello que atraviese el alma puede viajar a través del espacio tiempo sin tener que preocuparse por nada. Sus almas viajarán para encontrarse el uno con otro. Y es que puede que ya estén muertos o que vivan en un estado inanimado.
La pajarita busca consuelo mientras que el joven Cuervo se lanza con gracia y elegancia a su victima, la ataca, la destroza, le estropea el plumaje y se deshace de ella con un último graznido marcando su final. El Cuervo no se controla, se rige por impulsos, por momentos, por decisiones... La duda se encuentra lejos del camino que ha tomado y ahora las sombras y la maldad lo cubren todo mientras que la pajarita trata de sacarlo de una sola pieza. La pajarita está muerta, por eso puede ver a su amado. Su amado nunca la deja... Por lo tanto la alimenta de almas ajenas que la mantendrán más tiempo junto a su obscuro plumaje.
Era la prueba más fuerte del amor hacía su amado, era la única prueba que le quedaba, era lo único antes de que su sufrimiento lo hicieran desaparecer, antes de que la realidad la bañara con un balde de agua fría y la hiciese espabilarse un poco antes de caer en la eterna obscuridad que le otorgaba su amado..





